miércoles, 20 de septiembre de 2017

FORMIGA


Cuando vives las vidas que los demás esperan de ti, la única vida que no vives es la tuya, y sin vivir la tuya, no hay vida.
Hay escenario, personajes, tramas y escenas, pero cuando finaliza la obra, solo hay vacío.
El Formiga es ahora uno de los barrancos más clásicos y más transitados de Guara.
Los años que trabajé reiteradamente como guía, en los comienzos, cuando “excepto el Vero”, el resto de barrancos no estaban nada masificados, al Formiga yo lo denominaba "“La academia"”: “En no demasiada longitud, tenia de todo para graduar a un grupo de iniciación al barranquismo”; Paisaje, escarpa, rápeles, saltos, un pequeño y “eludible” buceo, y un buen tobogán hoy en día desvanecido debido a las transformaciones del cauce.
Eso si, desde hace algunos años, evito realizarlo guiando grupos, a no ser que madruguen mucho, porque más que divertirme (como siempre), me estresa... 
Porque ¿Qué placer tiene hacer cola en un rápel tras otro como si fuera la cola de la atracción de un parque temático? . Para mí ninguna.
Además, muchas veces, con peligro añadido provocado por la impaciencia de algunos (casi siempre grupos no guiados) que impetuosamente intenta rapelar por lugares imposibles, o saltar donde es delicado hacerlo para “superarte”, con el consiguiente riesgo para si mismos y los que los rodean...
Así que pudiendo, prefiero evitar este tipo de peligros ajenos al propio barranco, y disfrutarlo a ser posible en soledad, porque no tiene nada que ver...
Si voy solo, me embriago; y si llevo un grupo, es un plus en seguridad, confianza, goce y sosiego. ¿Soy egoísta?... ¡Si!
Ahora en general, y exceptuando cuando guío a amigos, o a amigos de amigos (con la inexcusable condición de madrugar), todos los barrancos los disfruto así, a mi manera.
El alma es tu esencia, es decir tu "auténtico yo", y con los años voy aprendiendo que hay que hacerla caso. Hacer lo que te pide. 
Lo que popularmente se denomina: “Hacer lo que te pide el cuerpo”...
Porque allí, en tu alma, es el único lugar en el que eres tú mismo, con absoluta independencia respecto de los demás.
Y curiosamente, mientras alcanzas esa teórica independencia, experimentas tu unión con todo. No solamente con los demás, sino también con la naturaleza, y te sientes uno con todo. Sólo cuando disfrutamos podemos vencer.
Solo hay que preguntarse: ¿Cuál es tu esencia? ¿Qué te hace disfrutar?¿Cuál es tu verdadera naturaleza? ¿Qué es lo que fluye en ti sin ninguna resistencia? ¿Qué te levantaría todas las mañanas con una enorme sonrisa?.
Yo en muchas cosas ya lo sé, en otras voy camino de descubrirlo, y otras quizás jamás las descubra. En el caso del barranquismo, lo tengo muy claro.
En definitiva todo se resume en ¿quién eres tú para ti mismo?
Estoy seguro de una cosa: cuando encuentras tu respuesta, lo sabes. No tienes dudas. Porque así lo notas cuando estás en tu elemento; eres tu propio director dirigiendo la música que hay dentro de ti.
Tu esencia, tu alma, es tu armonía, y siempre ha estado en tu interior conocedora de que debe aguardar a ser descubierta, no por los demás, si no por ti mismo.
Después de este filosófico rollo, en resumen: el Formiga es otra de las muchas maravillas de esta Sierra, y si haces el esfuerzo de arrearte un buen madrugón, podrás deleitarte mejor de su horizonte, su discurso de agua y roca, y saldrás doblemente satisfecho.






jueves, 14 de septiembre de 2017

PORTIACHA Y EL ¿CÓMO?



Otra filigrana  cincelada a partir de agua y siglos, que nos regala la cabecera del río Vero. “El Portiacha”.
Otro increíble paisaje de fábula  que nace y finaliza con dos formidables anfiteatros naturales de color naranja que no precisan ni coartadas, ni intrigas, porque al contemplarlos se pronuncian por sí solos.
Si el Basender es una academia de rápel y barranquismo seco, el Portiacha con sus cuatro rápeles (dos si se hacen continuados, con volados de 40 y 45 m) es el perfeccionamiento y el graduado en esta asignatura.

Cambiando levemente de tema, mucha gente, y cuando digo mucha, es mucha, me pregunta si alguien me ayuda con la grabación de estos videos. 
He de confesar al que no lo sabe, que no. Los grabo en solitario.
A mi favor, o en mi contra, parto de la base que no tengo ninguna formación en realización de audiovisuales, y los forjo de manera espontánea, intuitiva e instintiva, orientado únicamente por mi inspiración, y una enorme devoción cinematográfica, que me invita a aprender sobre la marcha.
¿Qué cómo lo hago?. Pues con mucho esfuerzo, pero con mucho entusiasmo (me encanta); a continuación una pizca de imaginación, un asomo de juicio, y (claro) muchas  vueltas.
Un rápel o un salto lo puedo ejecutar mínimo dos veces, para obtener los planos que ansío para el resultado que pretendo. 
Mientras desciendo, voy componiendo cada toma, y con varias tomas desde diferentes ángulos creo cada secuencia, y para ello sostengo la cámara en mi mismo, o la fijo atrás o adelante repitiendo la acción o el paseo varias veces. 
Simultáneamente, voy evaluando y matizando lo que gravo (sin verlo al momento... pues no llevo visor en la cámara GoPro).
Voy inventando  lo que considero para hilar esa película que imagino en mi mente.
Incluso antes de hacer la grabación, en casa, soy capaz de visualizar cada paso dentro de ellos, e ir componiendo en mi imaginación las posibilidades de la filmación, y cómo obrar las secuencias que se me ocurren, vislumbrando como remontar algunos pasos para refrendar una escena concreta desde diferente ángulos. Todo gracias a que los he descendido en muchísimas ocasiones desde hace muchos años y los conozco como popularmente se dice, “como la palma de mi mano”.
¿Por qué voy solo?: Primero porque disfruto mucho creando la película, y yendo solo mi concentración y abstracción es total: disfruto grabándolo,  y después editándolo en casa.
Y en segundo lugar, porque me incomodaría ir acompañado de alguien, y  en cierta forma “hastiarlo y aburrirlo”; Si estoy solo no me importa remontar o repetir cuantas veces considere necesarias una toma, que si fuera acompañado,  me daría apuro por martirizar al acompañante, e incluso quizá en cierta forma me daría hasta rubor.
Cuando ensayé y grabé el primero, me satisfizo el resultado obtenido, y continúe, ya que los realizaba como un recuerdo para mí mismo.
Pero, también los quería filmar de manera pormenorizada y celosa, para compartirlos con gente tan cercana como mi madre, que los conoce de siempre por mí. Gente que jamás ya los descenderán, y en cierta manera pueden hacerlo  de manera supuesta de este modo, logrando conocer y disfrutar tambien así de estos maravillosos paisajes.
Como ya he escrito en más de una ocasión, hasta la más humilde actividad en la naturaleza, tiene posibilidades de hacer complacer al que la práctica, pero también al que la contempla.


jueves, 7 de septiembre de 2017

Barranco de Basender:




El barranco del Basender está situado junto a fuente Lecina, en la cabecera del cañón del río Vero, en el Parque Natural de las Sierras y Cañones de Guara.

Marchamos por la carretera dirección a la localidad de Colungo.
Pasada esta población, atravesamos el llamativo puente de las gargantas, donde confluyen los barrancos del Fornocal, las Palomeras del Fornocal, Sarratanás y Malpaso.
Sobrepasamos un paraje muy popular para los ciclistas de la comarca, el collado de San Caprasio, y serpenteando por una ceñida carretera cobijada de pinares, donde se abren espectaculares vistas de Monte Perdido, llegamos al aparcamiento en la cabecera del cañón del río Vero.

Una vez equipados con el material que vamos a usar, bajamos hacia el río, y atravesamos la estación de aforo del río Vero, donde se mide el caudal a lo largo de todo el año.

Antes de introducirnos en el sendero de ascenso, merece la pena remontar el río unos 100 m y visitar la Fuente de Lecina que da nombre al lugar.
Es un manantial del que manan las aguas subterráneas naturales de las sierras próximas, como la de Sevil, y del que se abastece el río generalmente.

Posteriormente, proseguimos por el marcado sendero ascendente, tomando poco a poco altura.

Durante el breve ascenso, se nos ofrecen unas espectaculares vistas de cañón del Vero, y sus enormes paredes cinceladas por el agua y el discurrir de los años.

Al coronar la loma, el visible sendero evoluciona ya paralelo al Basender, hacía su cabecera;. No tiene perdida.
Pastores, cazadores o vecinos de Lecina, ya recorrían estos viejos y apartados senderos, antes de la llegada del barranquismo.

Por fin, tras unos cómodos y suaves 35 minutos, alcanzamos el cauce seco del barranco, donde comenzaremos su descenso.
Nos ponemos el arnés, y disponemos la cuerda.
Al poco de comenzar, el barranco se cierra y te sorprende encajonándose, y el terreno de roca irregular y pulida, te exige en algún paso tentar con las manos sus tibias paredes.

Posteriormente, tras un vasto resalte, asoma al primer rápel.
Son 11 metros verticales de acceso a un tramo cerrado y espectacular.

Los rápeles del Basender, son muy asequibles, holgados y uniformes; son perfectos para aprender a rapelar junto con alguien experto que te aleccione y te asegure.

Tras el primer rápel, una vez retiremos la cuerda, ya no habrá vuelta atrás.
Avanzamos por un erosionado pasaje repujado de pequeñas plantas muy adaptadas a la sierra y sus alteraciones, como la oreja de oso o la corona de rey, y enseguida asoma el siguiente rápel.

En algunos como este, es posible destrepar y no utilizar cuerda.
La experiencia, la repetición y los años, obran para querer descender los barrancos de una manera mas refleja; de la forma más simple y limpia posible; Como el propio agua que discurre por ellos.
Sentir el estremecimiento de descubrirte acorde en ritmo y cadencia con el medio en el que te desenvuelves; Es en cierta forma, sentirse vivo. 
Eso sí, si conduces a otra gente, siempre hay que rapelar, y auxiliarles convenientemente con una cuerda extra de seguridad.

Del mismo modo, quien no tenga práctica, o ante la menor duda, debe utilizar siempre todos los medios técnicos al alcance para realizarlo de una forma totalmente segura.

El Basender está perfectamente equipado con anclajes dobles en todos sus rápeles y resaltes.

El siguiente rápel tiene 10 metros, y nos introduce en una asombrosa sala de gran belleza abrigada de roca.


Casi junto, enlazado por una desnuda conducción tallada por el agua, aparece una imponente rampa o tobogán entre grades bóvedas de piedra caliza donde para descender deberemos instalar otro rápel.

Sin duda a partir de aquí es el tramo más bonito de este sorprendente barranco, y por el que merece la pena visitarlo.
Se observan perfectamente los caprichos de la erosión, y como el discurrir del agua y los años, han  esculpido con profundas oquedades este recóndito y misterioso lugar. Figura una profunda y casi subterránea llaga en la tierra.

Durante las diferentes horas del día, la lánguida luz que penetra, le da un toque mágico, e incluso sobrenatural.

Tras una limitada travesía por el lecho inerte,  aparece otro rápel que te encauza por un pulido socavón hasta un pasaje también casi subterráneo.
Tras esta igualmente espectacular sala, el barranco se abre por fin, y la vegetación hace acto de presencia.
Otro habilidoso destrepe, y llegamos al último rápel donde ya se escucha abajo el murmullo del río Vero que te da la enhorabuena.
En este rápel, él más largo de unos 15 metros, maniobras bajo unas paredes extra plomadas en forma de medio cono; Un llamativo anfiteatro natural junto al río Vero.

Recogemos la cuerda, nos quitamos el arnés y avanzamos en busca del río Vero, donde desemboca este curioso y entretenido barranco. Muy cerca de aquí, en el Tozal de Mallata, en  1968 se hallaron las primeras pinturas de arte rupestre del Alto Aragón. Pinturas conservadas desde la Prehistoria de estilo Esquemático.

Ahora, nos queda remontar el Vero, que tendremos que vadear hasta dos veces mojándonos los pies, para llegar a las ruinas del antiguo molino de Lecina.

Después del molino, o bien cogemos la senda que remonta y rodea, o nos mojamos de nuevo  cruzando por la pequeña represa que alimentaba este.
En poco tiempo llegamos al puente que nos vio pasar hace un par de horas, y remontamos hasta el parking.

El Basender es un barranco muy recomendable para una sugestiva mañana, o una agradable tarde.
Regresas a casa complacido, y con la sugestiva sensación de haber sido cautivado por un extraordinario lugar.  

martes, 29 de agosto de 2017

COMUNICANDO


Este pasado domingo, descendí la Peonera por segunda vez en dos semanas, guiando a un grupo de buenos y queridos amigos.
Es con diferencia  la actividad que más me vivifica. La que más privilegiado me ha hecho sentir siempre, y me contenta de una manera difícil  de expresar.
Sentir cada vez, una pequeña batalla que creíste perdida y finalmente ganas, y que año tras año se sigue reeditando, como desearías que ocurriera en otros aspectos de tu vida.
Ahora “Madrugando bastante”, disfrutar de esa apacible soledad.
Quizás sea por la manera en que coqueta murmura el agua mientras corretea libre, o por esta amplificación emocionada de naturaleza, o es simple apasionamiento de un lugareño como yo. Pero lo cierto es que para mí, en los cañones y barrancos de Guara habita una quietud y una placidez que hallo difícilmente en cualquier otro lugar. 
Es algo mágico.
Entre sus rocas y sus aguas, allí de pie,  escuchando, sintiendo en toda su magnitud, consigues llevar tus pensamientos a una abstracción casi total.
Cuando contemplé por primera vez la parte oculta de una de estas gargantas de la Sierra, me invadió una combinación de fascinación, asombro, espejismo, desconfianza, ilusión y temor. La razón es que hoy, mas de treinta años después, esa sensación aún me recorre cada vez.
Después está esa necesidad de compartirlo, comunicarlo.
Por ese motivo comencé a guiar grupos de manera explícita allá por el año 1984. Algunos años de manera profesional, y otros de manera fraternal o lúdica, pero siempre de manera  auténtica.
Es bonito sentirlo, pero igualmente intentar transmitirlo y hacer partícipes a los demás.
Porque para mi un barranco es un ambiente "mágico" .
Aclarar, que descender un barranco, no era una batalla que hayas que ganar, si no un placer que hay que saber disfrutar.
Y si de verdad lo sientes, engloba tanto el consciente como el inconsciente.
Y puede conducirte a un estado de fuerza tal, que todo a tu alrededor se someterá a ese estado de ánimo desatando tus emociones.
No es ningún misterio que el contacto con la Naturaleza, posiblemente sea la mejor escuela de vida que existe. Desarrolla algunos valores ya casi extintos y fortalece, pero a la vez sensibiliza.
Cuando guío un grupo, como estas dos semanas, al final del día, cuanto mérito siento en ellos :
Con vértigo o sin él, con miedo o sin él, con torpeza o habilidad, con nula voluntad o con la ambigüedad que da el desconocimiento, siempre acorde a las posibilidades de cada uno, la mayoría, por no decir todos, con tu ayuda o sin ella, consiguen conectar su alma con este mundo de extraños contrastes, de fríos y calores, de miedos paralizantes y alegrías perdurables; de vida y de muerte.
Cuando progresas por el corazón de uno de estos barrancos, te cuestionas a ti mismo, temes.
Pero paso a paso, el temor disminuye, la confianza aumenta y te asalta la embriaguez del entusiasmo, el respeto y la admiración.
Y yo año tras año regreso con mis sentimientos embriagados o mis decepciones. Con mis recientes vergüenzas o viejas pedanterías, y todo ello se descompone al contacto con la primera gélida poza.
Y una vez mas me recorre aquel escalofrío de la primera vez, y emerjo de esas aguas, como más fuerte, más noble, mejor persona.
¿Están los barrancos colmados de esos sentimientos, o los traes tu enterrados y se manifiestan en ese lugar?.
No lo sé. Es un misterio. 
Pero por un día, por unos instantes, te descubres capaz de operar en una frecuencia más alta de conciencia, voluntad, compañerismo e incluso valor.
Si penetras en un barranco con la humildad de sentir, y no con la presunción de vencer, cobrarás un sinfín de emociones nuevas, e incluso algunas que tenías relegadas.
No es sólo esa sombra de serenidad lo que me atrae de los barrancos, sino también ese hechizo que parece envolverlos y hace de estas líneas un texto desierto incapaz de despertar en sus letras este grandioso y magnífico entorno.
Lo que menos miente en este mundo es un paisaje como este.
Es algo tan espontáneo y verdadero, que no tiene ni dobles deducciones, ni anhelos de ser nada que es por si mismo.
Andar, nadar, saltar, rapelar e incluso correr por dentro de estos cañones siempre me hace sentir un ser especial.
Lo siento y lo comparto como una privilegiada manera de dejar atrás este trastornado mundo cargado de complicaciones.
Allí no eres nada. Tan sólo un individuo impulsado por unos pulmones, un corazón, unas piernas y brazos que progresa entre paredes gigantescas. No eres nada, pero te sientes “TODO”. ¿No es eso mágico?
Sigo disfrutando mucho de contagiar, de compartir, de llevar grupos de amigos. Me satisface su satisfacción.
Pero sobre todo me emociona, que sean capaces de captar la magia que encierran. Y siempre saben hacerlo.
Si desciendes un cañón con humildad y respeto, en él hallaras aquello que necesitabas encontrar. Si por el contrario lo haces con soberbia... como decía Quevedo: “La soberbia nunca baja de donde sube, pero siempre cae de donde subió”.